El disco de fuego del sol, resplandeciendo en el horizonte, lo teñía con ricos colores de púrpura y mieles.
Hacía un rato que había amanecido.
Resolví irme á bañar al jagüel. Me puse de pie, abandoné el fogón y tomé el camino del baño.
Había andado unos pocos pasos, cuando me encontré con Mariano Rosas. Venía del jagüel, sus mojadas melenas y la frescura de su tez lo revelaban.
Nos saludamos con cariño.
—Voy á bañarme, hermano—le dije.
—Yo acabo de hacer lo mismo—me contestó,—y ahora voy á varear mi caballo.
Marchamos en opuesto rumbo.
Yo regresaba del baño y él regresaba con su caballo cubierto de espumoso sudor.