Explicónos en su media lengua, lo mejor que pudo, que en Buenos Aires, siendo más joven, había tenido una querida. Que esta mujer le había sido infiel y que había estado preso por una puñalada que le diera.
Al recordarla, una especie de celaje sombrío envolvió su rostro, al mismo tiempo que cierta sonrisa tierna vagó por sus labios.
La curiosidad aumentaba el interés de ese tipo, crudo, enérgico y fuerte, tan común en nuestro país.
Inquiriendo las causas que armaron el brazo de este Otelo correntino, sacamos en limpio que su querida no había faltado á los compromisos contraídos ó á la fe jurada.
Que en sueños, mientras dormían juntos, la había visto en brazos de un rival, que él aborrecía mucho; que cuando se despertó, el hombre no estaba allí, pero él lo veía patente; que lo hirió en el corazón, y que, á un grito de su querida, volvió en sí, despertándose del todo, y viendo entonces que estaban los dos solos y que su cuchillo se había clavado en el pecho de su bien amada.
Este relato debe conservarse indeleble en la memoria de Garmendia; porque esa noche después, me dijo varias veces que si no pensaba escribir aquello.
Yo entonces tenía mi espíritu en otra línea de tendencias y no lo hice nunca.
Á no ser mi excursión á Tierra Adentro, la historia de Gómez queda inédita, en el archivo de mis recuerdos.
Creerán algunos que á medida que corre la pluma voy fraguando cosas imaginarias, por llenar papel y aumentar el efecto artificial de estas mal zurcidas cartas.