De una novela de Carlos Juliet, de una fiesta veneciana dada á Luigi Metello, de mi almuerzo en el toldo de Baigorrita y otras reminiscencias, mi imaginación había hecho un verdadero imbroglio.

Había asistido á una cena. Los manjares eran todos de carne humana; los convidados eran cristianos disfrazados de indios y la escena pasaba á la vez en Quenque y en casa de Héctor Varela. El anfitrión era una mujer, Concordia, la hija de Júpiter y de Temis, y alrededor de ella estaban los principales hombres argentinos. Cada cual tenía una vincha pampa y en ella se leía un mote. Mitre—Tout ou rien. Rawson—Frères unis et libres. Quintana—Sempre Diritto. Alsina—Remember! Argerich—Liberté. Gutiérrez José María—Odi et amo. Avellaneda—¿Dormir? Rêver? Varela Mariano—Honni soit qui mal y pense? Vélez Sarsfield—De l'or! Gorostiaga—Assez. Elizalde—jamais, toujours. Gainza—Veni, vidi, vinci. López Jordán—Muriamur. Sarmiento—Lasciate ogni speranza.

Había muchos otros convidados, veía aún como entre sueños sus caras, mas no podía recordar quiénes eran.

¡Algunos comían, los más rechazaban la carne humana con asco y con horror!

Una gran orquesta de instrumentos, que parecían de viento, como trompetas de papel de diario tocaban un aire militar y un coro como el que produciría el eco del pueblo agrupado en la plaza pública, cantaba:

«There is no hope for nations! Search the page
Of many thousand years—the daily scene;
The flow and ebb of each recurring age.
The everlasting to be which hath been,
Hath taught us nought or little.»

Lo que traducido en prosa quiere decir:

No hay ya esperanza para las naciones. Recorred las páginas de los siglos. ¿Qué nos han enseñado sus vicisitudes periódicas, el flujo y el reflujo de las edades y esa eterna repetición de los acontecimientos? Nada ó muy poco.

Carmen llegó con el mate y me sacó de la meditación retrospectiva en que estaba.

En ese momento se oyó un cañonazo.