Unas chinas de los alrededores me esperaban de visita. Iban á dormir conmigo, es decir, á pasar la noche cerca de mi fogón, como lo hizo Villarreal con su familia cuando me tenían detenido á la orilla de la lagunita de Calcumuleu. Es una costumbre de la tierra.
Camargo no estaba. Unos indios amigos lo habían llevado á un baile esa tarde. Se había ido con mi permiso, sin pedírmelo.
Cuando pregunté por él me dijeron que había encargado me avisaran, que con mi permiso se había ido á divertir. Era un verdadero mensaje de gaucho.
Mandé cebar mate y obsequié á mis visitas como correspondía. Eran cuatro, se habían puesto muy currutacas y las encabezaba una llamada María Jesús Rodríguez, que hablaba el castellano como yo.
Su nombre derivaba del de su madrina. No era cristiana. Se me olvidaba decir que entre los indios, el compadrazgo se establece sin necesidad de bautismo.
Pero dejemos á las visitas y vamos al fogón. El cuarterón conversa con mis ayudantes, oigo que dice que conoce á Julián Murga, y esto pica mi curiosidad.
XI
El cuarterón cuenta su historia.—Recuerdo de Julián Murga.—Los niños de hoy.—Diálogo con el cuarterón.—Insultos.—Nuestros juicios son siempre imperfectos.—Un recuerdo de la Imitación de Cristo.—Dudas filosóficas.—Última mirada al fogón.—El cuarterón me da lástima.—Alarma.—Caiomuta ebrio, quiere matarme.—Un reptil humano.
Me acerqué al fogón sin que me vieran, y permanecí de pie para no interrumpir al cuarterón.