El crepúsculo empezaba. Mandé hacer fuego, calentar agua, y fuí á sentarme en el fogón.

El cuarterón y el perro estaban allí; dormían.

La madrugada me sorprendió tomando mate. Mi compadre se levantó cuando las últimas estrellas desaparecían. Llamó á San Martín, le dió sus órdenes, y un momento después Caiomuta salía de su toldo en brazos de cuatro indios como un cuerpo muerto.

Le enhorquetaron sobre su caballo, le dieron á éste un rebencazo y el animal tomó el camino de la querencia, llevándose á su dueño y señor.

Mi compadre vino en seguida al fogón, y saludándome, se sentó á mi lado. Preguntóme si había dormido bien. Le contesté que sí; le di un mate y un cigarro, tomó ambas cosas, no habló más y se marchó.

Varias veces, mientras permaneció á mi lado, clavó sus ojos en el cuarterón con indiferencia.

Despertóse éste, me dió los buenos días y se levantó.

—Siéntate no más—le dije, pasándole un mate.

Obedeció y lo tomó.

Nuevos parroquianos llegaron en ese momento.