Mi gente estaba pronta. Arrimaron las tropillas y ensillamos.

Me despedí tiernamente de mi ahijado. ¡Extraños fenómenos de la simpatía, el chiquilín lagrimeó!

Montamos y partimos al gran galope en dispersión.

El cuarterón iba con nosotros y el perro del toldo de Baigorrita le seguía.

Por el camino se incorporaron varios grupos de indios, y cuando llegábamos á las alturas de Poitaua era la tarde ya.

Sujeté para esperar á los franciscanos que se habían quedado atrás, y mi compadre también.

Sobre la copa de un algarrobo estaba un águila, mirando al Norte.

Baigorrita me hizo decir con San Martín, que era buena seña, que el águila nos indicaba el rumbo.

Si hubiese estado mirando al Sud, todos los indios se habrían vuelto.