¡Ah! ¡Si los viejos hablaran!
¡Si en lugar de contarnos sus grandezas, sus glorias, sus triunfos juveniles, nos contaran sus miserias! ¡Cuánto desaliento no nos infundirían!
Su silencio es la postrer prueba de amor que nos dan. Ellos son como las páginas de un libro atroz. Si hablan con su experiencia, desencantan, confunden, anonadan.
No os empeñéis en leerlas.
Amad y respetad á los viejos, no porque hayan sido buenos, sino porque deben haber sufrido.
El dolor es fecundo y purifica.
No les creáis cuando haciendo esfuerzos levantan erguida la cerviz, diciendo con orgullo insolente como J. J. Rousseau: ¿cuál de vosotros ha sido mejor que yo?
Van haciendo su papel en la comedia de la vida.
Todos han sido iguales en un sentido. En otro tribunal que no está en este mundo habrá quien les arranque con mano segura el antifaz.
Allí será en vano disimular. Mientras tanto, inclinaos ante sus canas.