No hay quien á las puertas de la eternidad maldiga á sus hermanos. Sea justicia ó pavor, cuando el cuadrante del tiempo marca el minuto solemne entre el ser y no ser, todos se arrepienten del mal que hicieron ó del bien que dejaron de hacer.
¡Los viejos! ¡los viejos! no les neguéis, os lo vuelvo á repetir, ni el paso, ni la mirada, ni el saludo.
¡Cuesta tan poco complacer á los que con un pie en el último escalón de este mundo y otro en el dintel de las puertas de la eternidad esperan sin rencor ni odio el instante fatal!
Estanislao tuvo un largo diálogo con Mariano Rosas. En seguida le llegó su turno á Baigorrita y demás capitanejos é indios de importancia que les acompañaban.
Yo saludé al cacique particularmente, me senté al lado de mi compadre, y como el ceremonial no rezaba conmigo, me llamé á sosiego. El galope había excitado mi estómago, despertando el apetito. Traté de abandonar el campo, pero Baigorrita, que se fastidiaba mucho de aquella inacabable letanía de dimes y diretes, me dijo que no me fuera, que le esperara, que acamparíamos juntos.
Di mis órdenes, mandé que los caballos los rondaran lejos, en lugar seguro, que hicieran campamento allí cerca, en un montecito muy tupido, y que nos esperaran con buen fuego, puchero y asado.
Mientras mi compadre se desocupaba, no faltó quien me obsequiara con mate; Hilarión me pasó una torta riquísima hecha al rescoldo, y á hurtadillas, lo mismo que un niño mimado y goloso delante de las visitas, me la manduqué.
No hay quien no conserve algún recuerdo imperecedero de ciertas escenas de la vida; éste, de una cena espléndida en el Club del Progreso; aquél, de otra en el Plata; el uno, de un almuerzo campestre; el otro, de un lunch á bordo. Yo no puedo olvidar la torta cocida entre las cenizas que me regaló Hilarión con disimulo, diciéndome: «Para usted la tenía, Coronel.» La mirada perspicaz de Mariano Rosas se apercibió de ello, y calculando que tenía hambre me hizo pasar un par de palomas asadas, diciéndome el conductor, que las había hecho cazar para mí. Efectivamente, el doctor Macías fué quien cumplió la orden. Al día siguiente lo supe. ¡Pobre Macías! Ya tendré ocasión de ocuparme de él. ¡Qué pena me daba verle! No habíamos sido nunca amigos. Pero conservaba por él ese afecto de escuela que muchas veces vincula más á los corazones que la sangre misma. ¡Cuántas veces al través del tiempo, lo mismo en el seno de la patria que en extranjera playa, sean cuales sean las borrascas que hayan azotado el bajel de nuestra fortuna, el título de condiscípulo suele ser un talismán!
Viendo que la charla no cesaba y que amenazaba continuar hasta media noche, según el número de personajes que aún no habían cambiado sus saludos; viendo también que el negro del acordeón andaba por allí y que se preparaba á darnos una serenata, le hice una indicación á mi compadre.
Me contestó que no podía retirarse todavía; que me fuera, que más tarde iría él.