—Dice el general Mariano que eche pie á tierra para saludar al padre Burela.

Me pareció haber entendido mal.

—¿Para saludar á quién?—le pregunté á Camargo con extrañeza.

—¡Al padre Burela!—me contestó.

—¿Al padre Burela?—exclamé mirando á los franciscanos y á mis oficiales.

—Es pretensión—agregué.

—Dile, proseguí, dirigiéndome á Camargo, que le conteste á Mariano que yo no tengo que saludar al padre Burela, que soy aquí el representante del Presidente de la República, que en todo caso es el padre Burela quien debe saludarme á mí.

El mensajero se marchó y yo me quedé refunfuñando. Estaba indignado.

Lo que pasaba no era más que la consecuencia de las intrigas de Leubucó.

Volvió el indio insistiendo en lo mismo.