Me gustaba ser militar, y soñaba con ser general. No había hecho mal á nadie, aunque tenía bastante mala cabeza.
Siempre andaba en parrandas, jugadas y peleas; pero nadie dirá que le pegué de atrás.
Me enamoré de la hija del comandante N... La muchacha me quería. Yo era joven, pues aquí donde me ve no tengo más que veinticuatro años (parecía tener treinta y dos).
Á más de eso como mis padres tenían alguna platita, yo andaba siempre aviao. El comandante N... sabía mis amores con su hija, no le gustaban. Un día me atropelló en las carreras, y vino á darme una pechada; yo le enderecé mi caballo y lo puse patas arriba con flete y todo. Era muy fantástico y no me lo perdonó.
Desde esa vez, decía siempre que me había de matar. Yo estaba en guardia. Me achacaron varias cosas, nada me probaron. Hubo una bulla de revolución.
Me fueron á prender. Eran cuatro de la partida. ¡Qué me habían de tomar! Sabía bien que me iba en la parada el número uno. Hice un desparramo y me fuí á los montoneros.
Le interrumpí preguntándole:
—¿Y qué opinión tenías?
—¿Opinión? Yo no tenía más opinión que ser hombre alegre y divertirme. Las carreras y las mujeres eran toda mi opinión.
—¿Y qué hiciste con la montonera?