No le di tiempo para que me contestara y proseguí:
—Ustedes han hecho más matanza de cristianos que los cristianos de indios.
Inventé todas las matanzas imaginables, y las relaté junto con las que recordaba.
—¡Winca! ¡winca! ¡mintiendo!—gritaron algunos.
Y en varios puntos del círculo se hizo como un tumulto.
Era el peor de los síntomas.
Varios de mis ayudantes se habían retirado guareciéndose bajo la sombra de un algarrobo.
El sol quemaba como fuego, y hacía ya largas horas que la discusión duraba.
Á mi lado no habían quedado más que los dos frailes franciscanos y el ayudante Demetrio Rodríguez.