Hice lo mismo que él: reproduje mi contestación.

Así estuvimos larguísimo rato. Nueve veces dijo él lo mismo, nueve veces le contesté yo lo mismo también.

Cedió el viejo.

En pos de él vinieron otros personajes; con todos tuve que hablar, todos me dijeron casi la misma cosa y á todos les contesté casi la misma cosa también.

Dios se apiadó de mí; y después de once mortales horas inolvidables, como jamás las he pasado ni espero volverlas á pasar en lo que me resta de vida, me vi libre de gente incómoda.

Aquel día valió por todos los otros, y eso que no he hecho sino pintar á brocha gorda el cuadro. Para iluminarlo con todos sus colores habría tenido necesidad del marco de un libro entero.

Estaba harto y cansado; me eché sobre la blanda hierba, y me quedé pensativo un rato viendo á los indios desparramarse como moscas en todas direcciones y desaparecer veloces como la felicidad.

XVIII