—Creía...
—¡Salga, dotor!—le repitió con énfasis, y el desdichado salió.
Comprendí que alguien había influido en el ánimo del indio y me pareció de buena táctica no insistir mucho.
Hice, empero, una insinuación final diciéndole con expresión:
—¿Y, hermano?
Fijó sus ojos en los míos y me dijo textualmente:
—¡Hermano, el corazón de ese hombre es mío!
—¿Qué misterio hay aquí?—dije para mis adentros, y como no le contestara y siguiera mirándole, añadió textualmente:
—La conciencia de ese hombre es mía.