Cerca de dos horas duró la farsa; se ponía el sol cuando yo volvía á mi fogón, harto de gestos, alaridos y tamboriles.
Mi buena estrella quiso que el negro del acordeón no formara parte de la orquesta.
Se hizo de noche, y como estuviese fresco, me guarecí tras de mi rancho, dándole la espalda al viento.
En el acto brilló el fogón.
Á la luz de su lumbre me contaron cómo bailan las chinas.
En un local como el que ya describí, pintadas y ataviadas, entran quince ó veinte; se toman las manos, hacen una rueda, y comienzan á dar vueltas alrededor del mogote, ni más ni menos que si jugaran á la ronga, catonga.
Los concurrentes entran en el recinto del baile, y al pasar las chinas por delante de ellos les hacen una porción de iniquidades, hasta que no pudiéndolas soportar deshacen la rueda y se escapan por donde pueden.
Francamente, en este detalle encuentro á los indios menos civilizados que nosotros, aunque hay ejemplos en las crónicas policiales de caballeros que durmieron bajo las llaves de la alcaldía por tener las manos demasiado largas en los atrios de las iglesias.
El efecto de esos abusos y licencias de los indios con las chinas cuando bailan, hace que ellas se abstengan de la inofensiva diversión, lo que prueba que en todas partes la mujer es igual.
Perdona todo, menos que la maltraten.