Ya eran prácticos, ya quiméricos, ora me parecían de fácil realización, ora imposible de realizar; me sentía grande y fuerte; pequeño y débil; dormitaba y me despertaba; quería salir de allí y no salía.

—¿Por qué?

Porque el hombre no es dueño de sí mismo, sino cuando tiene ideas fijas ó determinadas.

Una voz dulce me sacó de aquella indecisión, murmurando á mi oído:

—Buenas noches. Di vuelta y al pálido resplandor de las últimas brasas que se apagaban, reconocí á una mujer.

Era mi comadre Carmen.

—¿Comadre, usted por aquí y á esta hora?—le dije.

—Compadre, he sabido que se va mañana—me contestó.

La hice que se sentara.