«Cantemos juntamente,
cuán bueno es Dios con todos, cuán clemente.
Canten los libertados,
los que libró el Señor del poderío
del áspero enemigo...»
—¿De veras?—me preguntó enternecido.
—De veras—le contesté, y diciéndole en voz baja, —disimula tu alegría, le grité á Camilo Arias: ¡un caballo para el Dr. Macías!
Entré al rancho de Ayala, me despedí de Hilarión Nicolai y de algunas infelices cautivas, y un momento después estaba á caballo.
Los que me habían ofrecido acompañarme, viendo que Mariano Rosas no se movía, se quedaron con los caballos de la rienda, ni siquiera se atrevieron á disculparse.
La entrada había sido festejada con cohetes, descargas de fusilería, cornetas y vítores; la salida era el reverso de la medalla: me echaban, por decirlo así, con cajas destempladas.
Sólo un hombre me dijo adiós, con cariño, sin ocultarse de nadie, ni recelo: Camargo.
Aquel bandido tenía el corazón grande.
El cacique se mostraba indiferente; los amigos habían desaparecido.
En Leubucó, lo mismo que en otras partes, la palabra amigo ya se sabe lo que significa.