La más triste y desgraciada.
Lo mismo es el adulto que el adolescente, el niño que la niña, el blanco que el negro; todos son iguales los primeros tiempos, hasta que inspirando confianza plena se hacen querer.
Con rarísimas excepciones, los primeros tiempos que pasan entre los bárbaros son una verdadera via crucis de mortificaciones y dolores.
Deben lavar, cocinar, cortar leña en el bosque con las manos, hacer corrales, domar los potros, cuidar los ganados y servir de instrumento para los placeres brutales de la concupiscencia.
¡Ay de los que se resisten!
Los matan á azotes ó á balazos.
La humildad y la resignación es el único recurso que les queda.
Y, sin embargo, yo he conocido mujeres heroicas, que se negaron á dejarse envilecer, cuyo cuerpo prefirió el martirio á entregarse de buena voluntad.
Á una de ellas la habían cubierto de cicatrices; pero no había cedido á los furores eróticos de su señor.
Esta pobre me decía, contándome su vida con un candor angelical: «Había jurado no entregarme sino á un indio que me gustara, y no encontraba ninguno».