Debía ser mi sombra.

Mi excursión á Quenque, tenía sin embargo, la explicación más plausible. Baigorrita me había convidado hacía algunos meses para que nos hiciéramos compadres. Iba, pues, con los franciscanos á bautizar mi futuro ahijado, y, al mismo tiempo, á conocer más el desierto, penetrando hasta donde es muy raro hallar quien haya llegado en las condiciones mías, es decir, en cumplimiento de un deber militar.

Verdad es que las desconfianzas de Mariano tenían también su razón de ser. No una vez, sino varias, diferentes administraciones, por medio de sus agentes fronterizos, han intentado sembrar la discordia entre él y Baigorrita, entre estos dos y el cacique Ramón.

El ejemplo y el recuerdo de lo que sucedió con la tribu de Coliqueo no se borra de la memoria de los indios.

La tribu de éste formaba parte de la Confederación de que antes he hablado; cuando los sucesos de Cepeda, combatió contra las armas de Buenos Aires, y cuando Pavón hizo al revés, combatió contra las armas de Urquiza.

Coliqueo es para ellos el tipo más acabado de la perfidia y de la mala fe. Mariano Rosas me decía en una de nuestras conversaciones: «Dios no lo ha de ayudar nunca, porque traicionó á sus hermanos.»

Efectivamente, Coliqueo no solamente se alzó con su tribu, sino que peleó é hizo correr sangre, para venirse á Junín junto con el regimiento 7.º de caballería de línea, que guarnecía la frontera de Córdoba; se pasó al ejército del general Mitre, que se organizaba en Rojas, meses antes de la batalla de Pavón.

Con estos antecedentes y tantos otros que podría citar, para que se vea que nuestra civilización no tiene el derecho de ser tan rígida y severa con los salvajes, puesto que no una vez sino varias, hoy los unos, mañana los otros, todos alternativamente hemos armado su brazo para que nos ayudaran á exterminarnos en reyertas fratricidas, como sucedió en Monte Caseros, Cepeda y Pavón; con estos antecedentes, decía, se comprenden y explican fácilmente las precauciones y temores de Mariano Rosas.

Así fué que al notificarme que Camargo me acompañaría, me felicité de ello y le di las gracias.

Me había propuesto hacer consistir mi diplomacia en ser franco y veraz. Me parecía un deber de conciencia y una regla imprescindible de conducta, en mi calidad de cristiano, nombre que debía procurar á toda costa dejar bien puesto. De consiguiente, nada tenía que temer de la fiscalización de mi astuto agregado.