Buscan un pedazo de madera blanca como de una cuarta de largo y una pulgada de diámetro; le dan primero la forma de un paralelepípedo, en seguida le hacen una punta cilíndrica, luego un taladro y en uno de los lados un agujerito en el que colocan un dedal, con otro agujerito que coincide con el taladro.
El que quiera hacer una pipa á lo indio, ya tiene la instrucción.
Recomiendo esta clase de pipas á los aficionados al tabaco fuerte; en ellas, como que pronto las pasa la resina, casi todos los tabacos son iguales.
Los indios no fuman habitualmente sino de noche, antes de acostarse.
Cargan su pipa, se echan de barriga, se la ponen en la boca, le colocan una brasa de fuego en el recipiente y dan una fumada con toda su fuerza, tragando todo el humo; en seguida otra, otra, otra del mismo modo. Á la cuarta fumada, les viene una especie de convulsión nauseabunda, se les cae la pipa de la boca y se quedan profundamente dormidos.
Salíamos del monte, descendiendo por un plano ligeramente inclinado hacia una cañada. Allí íbamos á parar, haciendo noche al borde de una lagunita llamada Pitralauquen, lo que quiere decir laguna de los flamencos. Trae su nombre de que en aquel paraje hay siempre muchos de estos pájaros.
El sol se ponía tras de las alturas de Poitaua, y sus arreboles teñían las nubes del lejano horizonte, cuando hacíamos alto y echábamos pie á tierra.
La lagunita que tiene como cien metros de diámetro, y forma circular, estaba llena de agua. Centenares de rosados flamencos, de blancos cisnes y gansos, de pardos patos y gallaretas, se deslizaban mansamente sobre la líquida superficie.
Los indios no tienen costumbre de matar las aves acuáticas, así es que no se inquietaron por nuestra aproximación.