Hice alto para no alarmar á los vigilantes y desconfiados moradores de aquellas comarcas, que veloces como el viento no tardaron en ponerse á tiro de fusil de nosotros para reconocernos.
Destaqué sobre ellos á Mora, les habló, y al punto estuvieron junto con él á mi lado, saludándome y dándome la bienvenida.
Nada sabían de mi visita á Baigorrita.
Pero sabiendo que me hallaba días antes en Leubucó, habían calculado que era yo el que llegaba, afirmándolos en sus conjeturas el aire de mi marcha y el orden en que la efectuaba.
Me habían descubierto desde que se levantaron los primeros polvos en Pitralauquen. La mirada de los indios es como la de los gauchos. Descubren á inmensas distancias, sin equivocarse jamás, los objetos, distinguiendo perfectamente si el polvo que asoma lo levantan animales alzados ó jinetes que corren.
Cuando vacilan, dudando de si el objeto se mueve ó no, recurren á un medio muy sencillo para salir de dudas. Toman el cuchillo por el cabo, lo colocan perpendicularmente en la nariz y dirigen la visual por el filo que sirve de punto de mira; y es claro que si el objeto se desvía de él no está inmóvil, debe ser un árbol, un arbusto, una espadaña, una carda, cuyas proporciones crecen siempre en el espacio por los efectos caprichosos de la luz.
Á propósito de carda, no vayas á creer, Santiago amigo, que me refiero al cardo, que no existe en la Pampa, propiamente hablando.
La carda se le parece algo, es más bien una especie de cactus, crece hasta tres varas y produce unas bellotas verdes y granulentas, como la fruta mora, en las que, cuando están secas, se encuentra un gusanillo que es la crisálida del tábano.
La carda es un gran recurso en el campo. Su leña no es fuerte, pero arde admirablemente. Es como yesca, y las bellotas cuando se queman, forman unos globulitos preciosos que parecen fuegos artificiales y distraen en sumo grado la imaginación.