Y, pegando el último tijeretazo, me invitó á pasar á su toldo.
Acepté, y entramos en él.
Tres fogones ardían.
Alrededor de ellos las chinas y las cautivas preparaban el almuerzo, que consistía en puchero y asado.
Nos sentamos quedando mi compadre enfrente de mí.
Empezaron á entrar visitas, se colocaron en dos filas y la charla no se hizo esperar.
Eran todas personas de importancia.
No siendo Juan de Dios San Martín bastante buen lenguaraz, mandaron llamar otro cristiano, hombre de la entera confianza de Baigorrita.
Era necesario que todos los circunstantes se enterasen perfectamente bien de mis razones.