Estaba solo con sus hijos, en la misma postura en que le había dejado hacía un rato, y picaba tabaco.
¿Con qué?
Nada menos que con la navaja de barba que le acababa de regalar.
El asentador le servía de punto de apoyo.
—Bien empleado me está—dije para mi coleto,—por haber gastado pólvora en chimangos.
Mi compadre se sonrió complacido y con una cara como unas pascuas, y mirándose en la superficie tersa y lustrosa de la navaja, me dijo:
—Lindo.
—Es verdad—le contesté, murmurando:—no te degollarás con ella; y agregando al mismo tiempo que hacía el ademán de afeitarme: mejor es para esto.
Me entendió, y repuso:
—Cuchillo.