—¡Qué me ha de parecer! que estando firmado el tratado por el Presidente, que es el que manda, nos costará mucho hacerles entender á los otros indios eso que usted me ha estado explicando.
—Haremos—continuó,—una junta grande, y en ella entre usted y yo, diremos lo que hay.
—Mientras tanto, hermano, cuente conmigo para ayudarlo en todo.
—Yo cuento con usted, porque veo que si no quisiera á los indios no habría venido á esta tierra.
Le contesté, como era de esperarse, asegurándole que el Presidente de la República era un hombre muy bueno; que se había envejecido trabajando para que se educaran todos los niños chicos de mi tierra; que no les había de abandonar á su ignorancia; que por carácter y por tendencias era hombre manso, que no amaba á la guerra; y que por otra parte, la Constitución le mandaba al Congreso conservar el tratado pacífico con los indios y promover la conversión de ellos al catolicismo; que el Congreso le había de dar al Presidente toda la plata que necesitase para esas cosas, y que como eran muy amigos no se habían de pelear si pensaban de distinto modo, porque los dos juntos gobernaban el país.
—Y dígame, hermano—me preguntó;—¿cómo se llama el Presidente?
—Domingo F. Sarmiento.
—¿Y es amigo suyo?
—Muy amigo.
—Y si dejan de ser amigos, ¿cómo andarán las paces con nosotros que ha hecho usted?