Fuí pues, en busca de mis compañeros de peregrinación.

Hablaban con los dos desconocidos.

Les llamé aparte, hicieron una rueda, dejándome dentro, y les conté el caso, riéndome á carcajadas.

Unos cuantos, ¡qué bárbaro! se oyeron al mismo tiempo.

Después de un instante de hilaridad, pregunté, ¿qué hombres son ésos con quienes hablaban ustedes?

—No sabemos—contestaron unos.

—Tratábamos de averiguarlo—dijeron los franciscanos.

—Vamos á ver—repuse.

Me dirigí á ellos. Todos me siguieron.