No me contestó.

—¿Conque tienes lengua para pedir y no la tienes para contestar?—agregué.

—Yo no he pedido nada—contestó por primera vez con acento porteño.

—Lo que yo debía hacer era quitarte por soberbio lo que te he dado—le dije.

—Ahí está—murmuró con desprecio.

Me retiré. Aquel hombre me alteraba la sangre, y entré en el toldo de mi compadre.

Seguía picando tabaco.

Me hizo señas de que tomara asiento.

Me senté.

Trajeron puchero.