—¡Qué no! mire usted aquel tipo que está allí, aquel narigón. Ha sido vendedor de trapos toda su vida; se dio importancia, se hizo amigo de algunos diplomáticos, y al poco tiempo la mujer le puso un moño en la boutonniére y ahí lo tienen ustedes. ¡Vean con qué garbo muestra su escarapela!

—Y cómo goza Montifiori con esas cosas... ¿eh?

—En fin, esperemos que don Ramón vaya a Europa mañana, compre un título, y que Blanca sea Baronesa de algo...—dijo don Benito después de haber apurado una copa de champagne.

—¡Diablo con Montifiori! qué vino nos hace beber! ¿Pero quién lo surte?...—agregaba don Benito;—este champagne es abominable... ¿si nos creerá tontos este gran pieza de Montifiori?

—El cristal de las copas es de primer orden, pero los vinos de Montifiori están a la altura de la mayor parte de sus invitados. Hombre práctico al fin, él sabe que a su casa viene de toda clase de gente. Es absurdo, pues, dar buen vino a todo el mundo. ¿Para qué? quién lo sabría apreciar.

Yo me mantenía retirado de aquel grupo de maldicientes. Me faltaba mi compañera de vals, pasaba por mi memoria el recuerdo de lo que me había sucedido el año anterior. Iba a vivir en la misma casa... ¿qué importa? Yo estaba seguro de mí mismo, ¿qué podía temer? En estas reflexiones estaba abstraído, cuando don Benito vino a golpearme en el hombro.

—Julio—me dijo,—¿vamos a cenar al club?

—Vamos—le respondí maquinalmente, después de haber saludado a Montifiori y a Fernanda y tomamos nuestro carruaje.

—Sabes—me dijo, ya en el coche don Benito,—que Fernanda me ha ganado 5000 duros... ayer.

—¡Fernanda! ¡qué! ¿juega Fernanda?