—¡Oh! perdone, doctor, y ¿El Matrero y el Mendigo?—agregó mi tía.
—¡Pschet! así, así... ¡No! los versos no son su fuerte. Pero los discursos, las proclamas; aquel discurso contra los ministros de Urquiza...
—¡Ah, sí! cuando les ofrecía echar las puertas de los ministerios a cañonazos a aquellos bandidos—rompió mi tía electrizada.
—Eso es, eso es, y aquella proclama al pueblo de Buenos Aires: «Os devuelvo intactas...»
—No, intactas no; la proclama decía «casi intactas».
—Bueno, es lo mismo. ¡Qué bellas frases, qué verdades de a puño! ¡Ah, qué tiempos, doctor! Esos eran tiempos de entusiasmo. Sí, cada vez que me acuerdo de lo que era Buenos Aires el año pasado no más, me convenzo de que las porteñas ya no somos lo que éramos; ¡qué unión! ¿Quién se atrevía a hablar en contra nuestra? No había sino un hombre, un solo hombre y ese hombre era él.
—¿Y se acuerda usted de la discusión del acuerdo, doctor?
—¡Cómo no, misia Medea!
—Entonces, sí, había decisión popular; las injurias y denuestos que vomitaron los enemigos de Buenos Aires; ¡aquellos bandidos! las pagaron caras. ¡Qué barra, qué barra lucida y resuelta; cómo silbaba a los traidores y cómo aplaudía a aquellos patriotas!
—Yo tengo presente ese día—observó uno de los personajes que allí estaban.