—He aquí, señores, he aquí, mis amigos, lo que les decía a ustedes hace un instante sobre la juventud del día!—respondía el doctor Trevexo.—¡Qué falta de resignación política, qué carencia de sumisión y de respeto demuestran a los designios superiores de la experiencia! ¡Un partido! Un partido es una colectividad cuya primer condición de vida es la obediencia. Y no hay nada más hermoso, nada más eficaz, nada más eficiente, que ver esa gran máquina humana movida por una sola voluntad que hace el sacrificio de su raciocinio en nombre de sus grandes ideas políticas. Ayer no más lo hemos visto; 30.000, 40.000 almas, cuarenta mil seres racionales, ocupando diez cuadras de la calle Florida, aplaudiendo a una voz, vivando un nombre, obedeciendo una orden; padres, madres, hijos e hijas, jóvenes y viejos, lanzados al mar de las pasiones electorales por una sola voz, riendo a una seña, llorando a otra de entusiasmo, marchando en procesión y vivando simultáneamente el adorable nombre de su divino jefe. ¡Eso es partido!
—¡Viva el doctor Trevexo!—exclamó don Juan.
—¡Viva!—exclamaron los demás circunstantes, incluso mi tía Medea que transpiraba de entusiasmo.
—¿Por quién vota usted, señor don Pancho, para primer candidato de la lista?
—Por mi venerado jefe, don Buenaventura.
—¡Y yo también!—dijo don Policarpo Amador, antes de que le tocara el turno para votar.
—¡Y yo!—exclamó don Tobías Labao con la misma anticipación.
—¡Por el mismo!—gritó, sin esperar que le preguntasen nada, don Pancho.
—Por don Buenaventura—agregó don Narciso Bringas.
—Ramón también vota por él, doctor Trevexo—dijo mi tía;—apunte, doctor, el voto de Ramón; y si ustedes me permiten votar a mí, yo...