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La obra que va a leerse, fue escrita allá por el año 1882 por el malogrado doctor Lucio V. López, uno de los espíritus más selectos que hayan brillado en nuestlro pequeño mundo literario, en nuestro foro, en nuestra política, en épocas en que eran muchos y muy esclarecidos los hombres que se disputaban el primer puesto ante la pública consideración, todos ellos con títulos más o menos bien conquistados y sostenidos.
No es de este momento ni de este sitio hacer la biografía de Lucio Vicente López, que—para ser exacta,—tendría que abarcar de paso todo un periodo de nuestra historia política, a la que su actuación lo ligó estrechamente. Tenemos que limitarnos a decir que, abogado distinguido y escritor agudo y sarcástico, las luchas democráticas lo llevaron à las filas del periodismo, en el que militó, y que nuestros diarios guardan en sus colecciones, numerosos artículos brotados de su pluma, y que se hacen notar—como él se hacía notar en la conversación privada,—por su humorismo, sus epigramas, sus sarcasmos, a veces sangrientos, pero siempre revestidos de cultísimo y elegante estilo.
De gustos refinados, Lucio Vicente López cultivaba las bellas letras, más como catador que como autor, fuera de su papel de polemista político, que con tanto brillo desempeñó; su ilustración literaria era muy vasta, como lo era su preparación jurídica, y seguía con algo más que simple curiosidad y no por mero pasatiempo, la evolución de la literatura contemporánea, sirviéndole para este estudio sus conocimientos clásicos, su innato buen gusto y su talento reconocido, que brillaba en cuanto atraía, siquiera momentáneamente, su atención y provocaba su acción.
Pero un día tenía que sentir la necesidad de hacer mover y fructificar sus capitales literarios, no en ligeros esquicios, como lo había hecho hasta entonces, sino en obra de ciertas proporciones y de algún aliento. Esa necesidad de aprovechar lo adquirido, de no dejarlo enmohecer en el cerebro, como bienes de avaro, le hizo producir La Gran Aldea, libro de observación y de crítica, lleno de vida y de agudeza, en el que abundan las pinceladas de mano maestra, aunque la novela fuese un ensayo, el primer paso en un camino nuevo si no desconocido, y por el que el autor no emprendió viaje otra vez, traído y llevado enseguida por las luchas ardientes, por los trabajos del foro, por las altas posiciones que fue llamado a ocupar en el Congreso y en el Gobierno mismo del país.
La Gran Aldea nos presenta un boceto lleno de gracia y de «exactitud caricaturesca», si así puede decirse, de lo que era el Buenos Aires romántico, el Buenos Aires que apenas han conocido en sus postrimerías los hombres que hoy cuentan cuarenta años, pero cuyos últimos resabios suelen aparecer todavía aquí y allá, como fuegos fatuos producidos por cosas pasadas y muertas hace mucho... el Buenos Aires social, desaparecido bajo el aluvión extranjero que, sin darle un nuevo carácter definido todavía, le ha quitado su antigua y peculiar característica, mezcla de criollismo inveterado y de ingenua imitación europea.
El título mismo de la obra está diciendo lo que es: el retrato de un pueblo en marcha rápida y progresiva, pero que todavía no ha dejado los andadores de la aldea, del villorrio, para andar con el paso seguro de la ciudad, cuyo aspecto ofrece ya en el exterior, sin que su intimidad responda a la apariencia.
La obra es brillante, como todo lo que brotaba de aquella pluma y de aquel cerebro; tiene defectos, pero, como decía Goldsmith, quién sabe si esos mismos defectos no constituyen un atractivo más, y si la percepción no desluciría el libro, quitándole individualidad.
La Gran Aldea apareció por primera vez en los folletines del Sud América, que acababa de fundarse entonces. En seguida se hizo de ella una edición de corto número de ejemplares. La gran masa de lectores con que ahora cuenta nuestro país, no puede conocerla, por lo tanto. Hubiera sido lástima que el silencio siguiese rodeando a esta novela, leída sólo por escasos aficionados y cultores de las letras, cuando tiene, por su humorismo, por su crítica, por la fiel pintura de otros tiempos, otras costumbres y otros hombres, derecho a convertirse en un libro popular, y a perpetuar la memoria de su autor, como perpetúa el recuerdo de su inesperada e injusta muerte, sobrevenida en la plenitud de sus fuerzas, la vibrante figura de la Protesta, levantada sobre su tumba por el gran escultor francés...