Mi tía Medea era gran parroquiana de lo de don Narciso y tenía esa inclinación garrulera, común en ciertas señoras, de departir con el tendero todas las novedades de la crónica del día.
Aquella noche no se hablaba sino de política, y solamente los que hemos vivido bajo la atmósfera caliente del Buenos Aires de entonces, podemos apreciar la importancia que tenían las pláticas de los mostradores de la calle del Perú y de la calle de la Victoria, y la concordancia de miras sociales y politiqueras que existía entre don Narciso Bringas y mi tía doña Medea Berrotarán.
Era natural, pues, que aquella noche mi tía se dirigiera a lo de Bringas.
—¡Viva la patria!—exclamó don Narciso al vernos entrar.
—¡Viva!—repitió mi tía;—supongo que usted me anuncia el triunfo, don Narciso.
—El triunfo más completo, señora: Urquiza ha sido completamente derrotado, y todo su ejército muerto o prisionero; la guardia nacional de Buenos Aires se ha batido de guante blanco, Jouvín legítimo. Yo solo he vendido doscientos pares de tirita.
—Una ballenera que ha llegado de Zárate, ha traído la noticia de que Urquiza ha sido hecho prisionero—agregó uno de los que estaban en la tienda.
—¿Será posible?—exclamó mi tía.
—Sí ha de ser, señora, no le quepa duda; si la mozada que iba en el ejército, era de mi flor.
En ese momento se oyeron las detonaciones de algunos cohetes que estallaban a no muy larga distancia.