—¿Y cómo lo es mi tío Ramón?

—¡Bah! su tío Ramón es un zonzo; ni tiene opinión ni sabe dónde tiene la nariz; le tiembla a la tigra, y a usted le ha dicho eso algún tendero adulón de los de por acá que conoció a su papá.

—Pero ¡qué! ¿papá hizo algún mal a ese señor?

—Ya lo creo, no tenía la misma opinión de él.

—Pues ¿y mi tía?

—Su tía es la que da la voz y el voto aquí, menos a mí, que, al fin y al cabo, uno de estos días le voy a dar un susto haciendo desbocar los caballos y echándola a una zanja por exaltada.

—¿Entonces yo debo pelear contra don Buenaventura?

—¡Pues ya lo creo, y ahí va un pelotazo más!—Y Alejandro acabó de derribar todos los soldados de mi ejército, mientras yo, pensativo, vacilante en la bondad de mi causa, dejaba hacer, sin atreverme a tomar la ofensiva.

Aquella noche me costó dormirme; era día entrado ya, cuando me desperté en medio del sobresalto de un sueño en que me veía amarrado a un árbol, y en momentos de ser fusilado por el señor de la tienda.

VII