—¡Ché! y vos cómo sabés los buques—le dijo Alejandro.

—¡Oh! no ve que soy del Bajo, amigo—contestó el negro.—Mire—agregó,—allá van las falúas a buscar la oficialidad, y las balleneras para desembarcar la tropa. ¡Bomba! ¡Pas! Ese es el Córdoba que hace salvas.

Y, en efecto, una repentina nube blanca envolvió los costados del barco y el eco del cañonazo se dilató retumbando sordamente por los espacios.

Eran las tres de la tarde de aquel día sofocante; las iglesias echaban a vuelo sus campanas, los cohetes y las bombas estallaban en el aire sin interrupción. A medida que la tropa desembarcaba, los batallones iban formando en el muelle la columna. Mientras esta operación tenía lugar, Alejandro y yo contemplábamos desde lejos, recostados sobre la reja, porque no nos habían dejado pasar de los quioscos, de la entrada para adelante.

En la playa, y al pie mismo del murallón donde nosotros estábamos, varios carreros del Bajo, en traje de fiesta, se habían congregado para oír a dos de ellos que, armado el uno con una guitarra profusamente encintada de blanco y celeste, y el otro con un acordeón, cantaban coplas patrioteras en una de esas tonadas características del compadrito de Buenos Aires.

—¡Que cante el virola!—gritaba uno de los oyentes.

—¡Tu madrina!—contestole el guitarrero, que en efecto tenía los ojos más torcidos que una encrucijada.

—Cantá ché lo que has arreglao pa la Guardia Nacional.

El de la guitarra con el del acordeón atacaron un aire vulgar, pero cadencioso, antepasado en línea recta de la milonga del día, y detrás del aire, el virola dijo con voz nasal y chocante la siguiente copla:

Nuestra Guardia Nacional
en Cepeda y en Pavón,
con bravura sin igual,
se lanzó sobre el cañón
del cobarde federal.