—Mi costumbre de no bromear nunca, me obliga a confesar que soy tonto. No sé lo que sucede...
—Pero, amigo, ¿qué; no sabe usted que su patrón ha quebrado?—me preguntó.
—¿Quebrado? ¡No puede ser, imposible! ¿Quién se lo ha dicho?
—¡Pero si es voz pública!—me replicó don Benito,—no se habla de otra cosa en la ciudad.
—¡Pues, señor, yo no he notado lo más mínimo en el escritorio, y hoy ha sido sábado, se ha pagado a todo el mundo!
—¡Hombre! ¿Está usted seguro?—me repitió don Benito con asombro.
—Como que estamos hablando en este momento.
—Pues, sepa usted, mocito, lo que no sabe—me dijo;—y tomándome confidencialmente del brazo, me llevó a su cuarto, me hizo sentar y me refirió lo siguiente, después de haber encendido un cigarro habano:
—Don Eleazar de la Cueva, como usted sabe, trae revuelta la Bolsa desde hace tres meses. Lo mismo que un general que con un ejército numeroso invade un país dilatado, él ha puesto en juego allí dos o tres millones de duros. Comenzó por comprar acciones de ***, monopolizó el mercado, se hizo dueño de todos los papeles, y conseguido esto, manteniendo siempre la demanda, trataba de vender a precios exorbitantes lo que había comprado a precio vil.
Pero don Eleazar ha encontrado la horma de su zapato; mientras sus agentes, divididos en dos bandos que operaban en sentido contrario, preparaban su golpe, él no contaba con que en esta tierra del papel-moneda, una nueva emisión es asunto de poca monta, y la cuerda tirante con que él tenía presos a sus deudores, se ha aflojado; la nueva emisión se ha hecho y he aquí que la baja más espantosa se ha operado.