—A mí no me ha picado ninguna tarántula; ni quiero, ni tengo nada que ver con los que protesten afuera ni contra los que se encierran adentro, vengo a agradecer a don Eleazar el honor que me ha hecho y a comunicarle mi resolución. ¿Me quiere usted anunciar?

—No se si podrá recibirlo a usted...—me dijo don Anselmo moviendo la cabeza.

—Vea usted si puede... quiero cumplir lo que yo considero un deber.

Don Anselmo pasó a la habitación contigua, que era la de don Eleazar, y después de un rato regresó.

—Dice don Eleazar que puede pasar—me dijo.

Yo entré resueltamente. No olvidaré nunca el cuadro que se presentó a mi vista. Casi en el medio de la habitación, junto a un escritorio elevadísimo, donde don Anselmo acostumbraba a escribir bajo el dictado de don Eleazar, sentado sobre un esqueleto de silla, estaba éste, desayunándose, delante de una mesita muy poco más grande que el plato en que comía. Un sirviente gallego le servía sin pausas, plato tras plato, y don Eleazar comía con la gravedad de un oso que devora su ración. En un rincón de la pieza, de pie, tres hombres presenciaban esta colación matutina en completo silencio.

—Entre usted, señor don Julio, ¿también nos abandona usted en los días de prueba?...

Yo expliqué las causas de mi renuncia, procurando convencerlo de que ella era completamente extraña al reciente desastre comercial; pero don Eleazar, conmovido, a pesar del apetito con que devoraba sus viandas, se daba maña para lamentarse con palabras que partían el corazón.

—Bien, joven, puesto que usted lo ha resuelto, separémonos; pero usted me hará justicia algún día... ¡Vea usted la situación a que me veo reducido! ¡Todo lo he perdido! Desde hoy vivo de la caridad de mis parientes; sí, señor, de la caridad de la familia... Aquí me tiene usted preso; ¡yo preso en este país que he colmado de beneficios! ¡No ve usted, señor, que hasta la autoridad se complota en mi contra! ¡Vea usted, señor, todos esos hombres que se acercan a los vidrios y que me amenazan, me son completamente desconocidos! ¡Yo nunca he tenido trato con ellos! ¡No los conozco! ¡Y me persiguen, señor, me persiguen a muerte! ¡Vean ustedes a lo que estoy reducido! ¡A no poder comer estos bocados en mi casa, porque son hasta capaces de envenenarme! ¡Y si no fuera por mi fiel Juan (exclamaba mirando expresivamente al gallego que le servía el almuerzo), si no fuera por él, quién sabe lo que habría sido de mí!

Pero yo te recompensaré algún día... tú sabes que todo lo he perdido, que no tengo nada, que me es imposible por consiguiente satisfacer mis compromisos! ¡Dilo, Juan, a todos; es posible que a ti te crean!... ¡Dígalo usted, joven, asegúrelo, usted sabe mis negocios, todos son claros, tan públicos, tan legítimos!... ¡Ustedes lo saben, señores... yo he sido víctima de gente (agregaba encarándose con don Anselmo que le contestaba con un signo afirmativo) sin ley ni principios!... ¡Usted lo sabe, don Anselmo, usted sabe todos mis negocios, conoce mi casa!... ¡No me es posible cumplir, y no lo siento tanto por mí, sino por tanta persona excelente a quien tendré que perjudicar, contra todos mis sentimientos!... ¡Vean ustedes, vean ustedes cómo amenazan esos hombres! ¡Se creería que yo me he quedado con algo de ellos!... ¡Gracias, Juan, gracias, hijo mío, sírveme el té, no tengo apetito!... ¡pruébalo tú primero, mira si tiene mal gusto!... ¡Ah, señores, yo tengo la conciencia tranquila!...