—No lo sé, a cualquiera; a usted, si es capaz de hacerme feliz, a otro, si usted no lo es...

En aquel momento comenzaba a amanecer; el primer albor del día dibujábase tras de las torres de San Francisco y el horizonte empezaba a teñirse débilmente de tintas rojas. Nos levantamos de la mesa y nos acercamos a los cristales a admirar aquel cuadro sublime ante el cual empalidecían las luces del baile. Blanca estaba apoyada en mi brazo y dejaba caer su cuerpo débilmente sobre el mío.

—Es linda la madrugada—le dije, oprimiéndola con pasión...

—¡No!—me repuso,—la noche me gusta más... vámonos, tiemblo de que el sol me sorprenda en la calle—y arrastrándome con fuerza, bajamos la escalera y me obligó a conducirla al toilette.

—Adiós...—le dije estrechándole la mano.

—Adiós—me replicó apretándome la mía en que quedaron impresos sus dedos finos y nerviosos.

Al dar vuelta, me encontré con don Benito que acababa de abandonar a su compañera.

—Y... ¿qué tal, Blanca?

—Fría como un mármol—le dije.

—¡Ah, hijo mío!—me contestó,—la hija es como la madre, una estatua que uno puede estrechar, besar y robar; pero una estatua, no se mueve nunca sin música...