Mi tío lo miraba sin comprenderlo, pero era bastante suspicaz para explicarse que don Benito no estaba tan desolado como lo exigían las circunstancias.

Yo estaba esperando la palabra burlona del viejo solterón y no se hizo esperar. Nos encerramos en el cuarto de mi tío, aseguramos las puertas y don Benito, con una cara de pascuas, abriendo los brazos exclamó:

—Don Ramón... ¡apriete, amigo!—y buscó a mi tío para abrazarlo.

—¡Oh! don Benito... ¡qué desgracia!

—¿Desgracia? ¿Me representa usted el hipócrita? Celebre usted, amigo, el más grande de los aniversarios de su vida...

Y mi tío no pudo contenerse; se deshizo de don Benito y corriendo a la cama, se echó en ella y depositó sobre la blanda almohada de plumas en que hundió el rostro, una sonrisa de íntima, de voluptuosa alegría, que ya no podía contener dentro de sí mismo.

En ese instante golpearon la puerta; la abrí; el perfil risueño de Alejandro asomaba por la rendija.

—¿Qué quieres?—le dije en voz baja y con el tono más serio del mundo.

—¡Oh!—me contestó muy despacio...—¿usted es de los tristes también?—y aquel negro ponía una cara satánica cuando me decía esas palabras.

—Vete—le dije...—vete.