El dolor de Juan fue un dolor de hombre. Durante largo tiempo permaneció triste y silencioso. La noche del entierro de su padre, el abate Constantín lo llevó consigo al presbiterio.

El día había sido lluvioso y frío. Juan se hallaba sentado junto al fuego; el sacerdote leía su breviario; la vieja Paulina iba y venía arreglando todo. Una hora pasaron sin pronunciar una palabra, cuando Juan, de repente, levantando la cabeza dijo:

—Padrino, ¿mi padre me ha dejado algún dinero?

La pregunta era tan extraña, que el abate estupefacto creyó haber oído mal.

—¿Me preguntas si tu padre?...

—Pregunto, padrino, si mi padre me ha dejado algún dinero.

—Sí, ha debido dejarte dinero...

—¿Mucho, no es verdad? He oído decir siempre en la comarca que mi padre era rico. Decidme, más o menos, ¿cuánto me habrá dejado?

—Pero, yo no sé... Me preguntas unas cosas...

El pobre sacerdote sentía desgarrársele el corazón. ¡Esta pregunta, en semejante momento! No obstante, creía conocer el corazón de Juan, y en ese corazón no debían caber tales pensamientos.