»Se las ha tratado como a esas mujeres ligeras en cuya sociedad uno se divierte mucho, pero que no se les estima; se les ha visto cientos de veces y se habla de ellas con desdén. Tales son: La bella Elena, Barba Azul, Los brigantes, La gran Duquesa, La vida parisiense, El castillo de Toto. Hay en estas parodias entretenidísimas de la vida ordinaria, mucha imaginación, alegría y buen sentido. Son sátiras en acción que resaltan sobre las simples bufonerías que ha producido este género en los últimos tiempos.»

He aquí las obras que ha escrito para el teatro: Bataclán (1855), opereta; El empresario (1856), opereta; Rosa y Rosita (1858), comedia; El marido sin saberlo (1860), opereta en colaboración con su padre y cuya música es del Duque de Morny; La canción de Fortunio; El puente de los suspiros; Orfeo en los infiernos (1861), operetas dadas en los Bufos, siendo la última de éstas su primer gran triunfo; Las ovejas de Panurgo (1862), en la que colaboró Meilhac, con quien no dejó de trabajar desde entonces; La llave de Metella (1862); Los molinos de viento (1862); El brasileño (1863); El tren de media noche (1864); Nemea, baile con representación (1864); La bella Helena (1865), parodia en tres actos de la Grecía antigua, representada en el teatro Variedades con éxito enorme; Barba Azul (1866), tres actos; La vida parisiense (1866), cinco actos; La gran Duquesa de Gerolstein (1867), quizá es la pieza que haya alcanzado mayor fortuna; La pericholle (1868), dos actos; Fanny Lear (1868), drama tremendo desarrollado en una ligera comedia de cinco actos; Frou-frou (1869), elegía parisiense en cinco actos; La diva (1869), tres actos; Los brigantes (1869), tres actos; Tricoche y Cacolet (1871), comedia bufa en cinco actos; La señora espera al señor (1872); Velada (1872), comedia en tres actos; Dos mujeres o el cuarto condenado (1875), comedia en verso. Y en colaboración con V. Busnach: Manzanita, opereta de Offenbach.

Con Meilhac ha producido: ¡Todo para las damas! (1868); El hombre con llave; Las campanillas (1872), piececita moderna que los grandes maestros antiguos no hubieran desdeñado firmar; Toto en casa de tata (1873); El rey Candaule (1873); El verano de la San Martín (1873); La ingenua (1874); Media cuaresma (1874), todas piezas muy graciosas en un acto; La panadera a dos escudos (1875), ópera bufa en tres actos, música de Offenbach; La bola (1875), comedia en cuatro actos; Pasaje de Venus (1875); La viuda (1875), tres actos; Loulou (1876); El ramo (1876); El mono de Nicolás (1876), piezas en un acto; El príncipe (1876), en cuatro actos; La cigarra (1877), en tres actos; Fandango (noviembre 26 de 1887), gran ópera, baile con representación; El duquecito (1878), ópera cómica en tres actos; El marido de la debutante (1879), en cuatro actos; La casita (1879), Lolotte (1879); La pequeña señorita (1879), ópera cómica en tres actos; La madrecita (1880), tres actos; Janot (1881), ópera cómica en tres actos; La Roussotte (1881), comedia en tres actos.

Además de sus producciones para el teatro, Halévy ha publicado La señora y el señor Cardinal (1872); La invasión, recuerdos y narraciones, colección de artículos sobre la invasión prusiana, que vieron la luz pública en «Le Temps»; El sueño; El caballo del trompa; El último capítulo (1873); Notas y recuerdos (1870-1872); Marcelo (1876); Las pequeñas Cardinal (1880); Un matrimonio por amor (1881); El abate Constantín (1882); Criquette (1883); La familia Cardinal (1883); Princesa (1886); Tres centellas (1886); Karikari, Un vals, etc. (1891), forman un volumen de preciosas narraciones.

Aunque no haya escrito para el teatro sino en colaboración, y su personalidad desaparezca en casi todas sus obras colectivas, Halévy ha sabido desprenderla en sus novelas, obras individuales, como lo dice Pailleron, concebidas en un sentimiento particular, expresadas en una forma completamente moderna, selladas de parisianísmo; «en libros cortos para que los lea el parisiense; en su lengua de iniciados para que los comprenda, con espíritu despreocupado aparentemente, burlón, alegre, y con pretextos bastante hábiles para emocionar sin ser descubiertos.»

Ludovic Halévy fue elegido académico, y en la sesión pública del 4 de febrero de 1886, ocupó el sillón vacío por muerte del Conde D'Haussonville. Del discurso pronunciado por Pailleron, director de la Academia, sacamos el juicio sobre El Abate Constantín:

«...De este género fino hasta refinado, de esta literatura elegante y discreta, vuestro volumen Dos matrimonios es quizá el tipo más acabado, ejemplar más simpático, pero el tiempo me ha sido contado para que pueda detenerme. Prefiero ir directa, francamente, a aquellas obras que señalan las fechas de vuestros más grandes triunfos: El Abate Constantín, La invasión, y desde luego, y sobre todo... miro si la bóveda de esta cúpula austera va a desplomarse en mi cabeza... sobre todo El señor y la señora Cardinal.

»Pero habéis hecho obra de varón, señor, en otro de vuestros libros; habéis rehabilitado la virtud. Habéis emprendido la tarea de hacerla amar por ella y para ella. Ahí hay audacia, algunos la llaman habilidad porque habéis triunfado; pero ¿quién hubiese sido bastante hábil para prever, en los tiempos que corren, el éxito de semejante tentativa? Nadie... ni aun vos mismo.

»Porque al fin, por triste que sea es necesario confesarlo, por poco académico que sea, es preciso decirlo: la virtud no figura ya en el movimiento moderno.

»¡Pobre virtud! los vulgares la ridiculizan, los fisiólogos la niegan, la gente alegre la encuentra fastidiosa, y las personas prácticas la consideran inútil. Nuestros autores dramáticos, que desde tiempo inmemorial la recompensaban en el último acto, decididamente le han suprimido las migajas del desenlace clásico y remunerador. Nuestros poetas lanzan contra ella imprecaciones que no tienen de original sino la grosería. En cuanto a nuestras novelas, sabéis hasta dónde brilla por su ausencia la virtud, cuando en ellas no es maltratada. Para verla respetada hay que abrir la Biblioteca Rosa; para verla respetada, es necesario venir a la Academia... ¡una vez por año! ¡Pobre virtud!