—Señor cura, estas señoras os buscan.—Luego, volviéndose a sus clientas:—Ahí tenéis al señor cura de Longueval.

El abate Constantín se aproximó y abrió la pequeña puerta. Las viajeras descendieron, deteniendo sus miradas, no sin cierto asombro, en el joven oficial que se encontraba allí algo confuso con su sombrero de paja en la mano derecha y en la izquierda la gran ensaladera rebosando de achicoria.

Las dos mujeres entraron al jardín, y la mayor (representaba veinticinco años), dirigiéndose al abate, le dijo con acento extranjero, algo extraño y muy original:

—Me veo obligada, señor cura, a presentarme a mí misma... Madama Scott, la que compró ayer el castillo, y la granja, y todo lo demás. ¿No os molesto, señor, y podréis acordarme durante cinco minutos vuestra atención?—Luego, designando a su compañera de viaje:—Miss Bettina Percival, mi hermana: lo habríais adivinado, creo. Nos parecemos mucho, ¿no es verdad? ¡Ah! Bettina, hemos olvidado en el carruaje nuestras carteras, y las necesitaremos.

—Voy a buscarlas.

Y como miss Percival se preparara a ir por ellas, Juan le dijo:

—Permitidme, señorita, que os las traiga.

—Siento, señor, molestaros... El sirviente os las entregará. Están en el asiento de adelante.

Miss Percival tenía el mismo acento de su hermana, los mismos grandes ojos negros, risueños y alegres, y los mismos cabellos, no rojos, sino rubios, con reflejos dorados en los que jugaba con delicadeza la luz del sol. Saludó a Juan con una graciosa sonrisa, y éste, después de entregar a Paulina la ensaladera de achicoria, se fue a buscar las dos carteras.

Entretanto, muy conmovido, muy turbado, el abate Constantín introducía en el presbiterio a la nueva castellana de Longueval.