—¡Ah! ¿sí?

—Sí, hay algo más, y yo quisiera tener con vosotros, una explicación bien clara y bien franca. No sé por qué me parece que he tenido buena estrella hoy; creo que ya sois en cierto modo mis amigos, y que un día lo seréis verdaderamente. Pues bien, decidme, si corren sobre mi persona historias absurdas y falsas, ¿no tendré razón de pensar que me ayudaréis a desmentirlas?

—Sí, señora—respondió Juan con extrema vivacidad,—hacéis bien en pensarlo.

—Pues a vos me dirijo, señor. Sois soldado, debéis tener valor; prometedme ser valiente; ¿me lo prometéis?

—¿Qué entendéis, señora, por ser valiente?

—Prometed, prometed, sin explicaciones, sin condiciones.

—Está bien; lo prometo...

—¿Vais a responder francamente, por sí o por no, a las preguntas que os dirija?

—Responderé.

—¿Os han dicho que yo mendigaba en las calles de New-York?