«¡Victoria, está decidido! Richard consiente. Llegaré en el mes de abril y volveré a ser francesa. Vos me ofrecisteis encargaros de todos los preparativos de nuestra instalación en París, y como soy horriblemente indiscreta, acepto.
»Quiero, apenas ponga los pies en París, poder gozar de París, y no perder el primer mes en viajes a casa del tapicero, del carruajero y de los caballerizos. Desearía, al bajar del tren, encontrar en el patio de la estación, mi carruaje, mi cochero y mis caballos, y que ese día nos acompañaseis a comer en mi casa. Alquilad o comprad una casa, tomad criados, elegid carruajes, caballos, libreas. Confío enteramente en vos. Que las libreas sean azules, y nada más. Esta línea la agrego a pedido de Bettina, que por sobre mi hombro lee lo que escribo.
»Sólo siete criados irán con nosotros a Francia; Richard lleva sus camareros; Bettina y yo las nuestras; las dos ayas de los niños, y además dos boys, Toby y Boby, que nos siguen a caballo y montan perfectamente. Son dos monadas; del mismo alto, la misma figura, y casi la misma cara; nunca encontraríamos en París dos grooms más iguales.
»Todo lo demás, cosas y gente, queda en New-York. No, no todo lo demás, se me olvidaban los cuatro poneys, cuatro joyas, negros como tinta, con manchas blancas los cuatro en las cuatro patas; no tendríamos valor para separarnos de ellos. ¡Los atamos a un canasto y quedan preciosos! Bettina y yo los manejamos muy bien a los cuatro. ¿Puede una señora manejar, sin gran escándalo, por la mañana temprano, en el Bosque? Aquí se hace.
»Sobre todo, mi querida Katie, no os fijéis en el dinero. Haced locuras, verdaderas locuras, es todo lo que os pido.»
El día en que madama Norton recibía esta carta, corrió la noticia de la quiebra de cierto señor Garneville, gran especulador que no había tenido buen tacto, sintiendo la baja cuando debió sentir la alza. Seis semanas antes, este Garneville se había instalado en una gran casa toda recién amueblada, que no tenía más defecto que ser de una magnificencia demasiado violenta.
Madama Norton firmó un contrato de alquiler, cien mil francos al año, con opción a comprar la casa y el mueblaje por dos millones en el primer año. Un tapicero de gran nombre se encargó de corregir y suavizar el desmedido lujo de un mueblaje chillón y extravagante.
Hecho esto, la amiga de madama Scott tuvo la suerte de encontrar, desde el primer momento dos artistas eminentes, sin los cuales no podría fundarse ni funcionar una gran casa.
Primero, un maestro cocinero de primer orden, que acababa de abandonar una antigua casa del faubourg Saint-Germain, con gran pesar, pues tenía sentimientos aristocráticos, y le costaba mucho ir a servir a algún burgués, o a extranjeros.
—Nunca habría dejado a la señora Baronesa—dijo a madama Norton,—si la casa hubiera seguido en el mismo pie de lujo; pero la señora Baronesa tiene cuatro hijos, dos que han hecho locuras, y dos niñas que pronto serán casaderas, y deberá dotarlas. En fin, la señora Baronesa se ve obligada a estrecharse, y la casa no es bastante importante para mí.