—¡Adiós, mis pretendientes, adiós!

Luego se echó bruscamente para atrás, presa de un acceso de risa nerviosa.

—¡Ah, Zuzie, Zuzie!

—¿Qué hay?

—Un hombre con una bandera roja en la mano... me ha visto... ¡me ha oído!... ¡Y se ha quedado asombrado!...

—¡Sois tan poco razonable!

—Sí, es cierto, por haber gritado así por la portezuela; pero no por considerarme feliz al pensar que vamos a vivir solas las dos, en completa libertad.

—¡Solas! No tan solas como os imagináis. Por lo pronto, hoy recibiremos dos personas a comer con nosotras.

—¡Ah! es verdad, pero no me disgusta mucho volver a ver esas dos personas. Sí, me alegro de que volvamos a ver al viejo cura, y, sobre todo, al joven oficial...

—¡Cómo! ¿sobre todo?