Hecho esto, enrolose en el primer regimiento de cazadores de Africa; tuvo la suerte desde el principio de formar parte de una pequeña columna expedicionaria en el desierto de Sahara, condújose valerosamente, obtuvo con mucha rapidez algunos grados, y al cabo de tres años iba a ser nombrado subteniente, cuando se enamoró de una joven que representaba La fille de madame Angot, en el teatro de Argel.
Pablo, que había concluido su compromiso en el regimiento, dejó el servicio y volvió a París con su joven cantora de opereta... luego fue una bailarina... después una cómica... más tarde una amazona del circo. Ensayaba todos los tipos. Así vivía con la brillante y miserable vida de los desocupados. Pero sólo permanecía en París tres o cuatro meses del año, pues su madre le pasaba una pensión de treinta mil francos, y le había asegurado que nunca, mientras ella viviera, obtendría un real más antes de su casamiento.
La conocía y sabía que debía tomar sus palabras a lo serio.
De manera que, como quería hacer buena figura, y llevar vida alegre en París, gastaba sus treinta mil francos entre los meses de marzo a mayo, y luego volvía dócilmente a someterse a la vida tranquila de Lavardens: cazaba, pescaba y montaba a caballo con los oficiales del regimiento de artillería que estaba de guarnición en Souvigny. Las modistas y las grisetas de provincia reemplazaban, sin hacérselas olvidar, a las cantoras y cómicas de París. Buscando un poco se encuentran aún grisetas en las provincias, y Pablo buscaba mucho.
Apenas estuvo el cura en presencia de la señora de Lavardens, díjole ésta:
—Yo puedo, sin esperar la llegada de M. de Larnac, deciros los nombres de los compradores de Longueval. Estoy enteramente tranquila y no pongo en duda el éxito de nuestra combinación.
Para no hacernos tontamente la guerra, nos hemos puesto de acuerdo, mi vecino M. de Larnac, M. Gallard, un fuerte banquero de París, y yo. M. de Larnac se quedará con la Mionne; M. Gallard con el castillo y Blanche-Couronne; y yo con la Rozeraie. Os conozco, señor cura, debéis estar inquieto por vuestros pobres, pero tranquilizaos; estos Gallard son muy ricos y os darán mucho dinero.
En aquel momento apareció a lo lejos un carruaje envuelto en una nube de polvo.
—Ahí viene M. de Larnac; conozco sus poneys.
Los tres, muy apurados, descendieron del terrado, corrieron al castillo y llegaron en el momento en que el carruaje se detenía ante el portón.