—Tómalas, hijo... Esta para ti, y la otra para tus hermanos... ¿No tienes hermanitos?...

—Tengo a Lilí.

—Pues llévale una a Lilí. Y llévale también esto... y la buena señora estampó en las mejillas del niño, llenas de lágrimas, otros dos sonoros besos, que en vano pretendían suplir en ellas el calor que les faltaba de los besos de su madre. Un lacayo con larga librea verde aceituna, coronas condales en los botones y sombrero de copa con gran cucarda rizada en la mano, se acercó entonces al grupo:

—Cuando el señorito quiera, está esperando el coche—dijo respetuosamente al niño.

El pobre señorito se levantó de un salto, y abrazando con un movimiento lleno de gracia al gimnasta Calixto, se dirigió a la puerta, sin querer entregar al lacayo el envoltorio de sus premios. En la verja del jardín le detuvo el padre rector, que allí estaba despidiendo a los niños; besóle Paquito la mano, y abrazándole él cariñosamente, le habló breve rato al oído.

Púsose el niño muy encarnado, corrieron de nuevo sus lágrimas y con verdadera efusión llevó por segunda vez a sus labios la mano del religioso.

Poco a poco fueron desfilando los carruajes, y cesaron al fin los gritos de despedida.

—¡Adiós!... ¡Adiós!...—repetía el anciano.

Todavía aparecían algunas manitas saludando a lo lejos por las ventanillas de los coches:

—¡Adiós!... ¡Adiós!...