—¿No es verdad que mi idea es profunda?—exclamó Jacobo, cegado por la vanidad de orador, que era la más grande y la más mimada de todas sus vanidades.
¡Ah, muchas y tristes experiencias le había costado concebirla y desarrollarla!... Y lo que en aquel momento le hacía encontrarla más oportuna, más cara a su entendimiento y más grata a su razón, era que ella misma venía a orillar el único reparo que al intentar su reconciliación con Elvira se le había puesto delante: reparo de delicadeza, de hombre de pundonor que quiere ponerse a cubierto de las hablillas del vulgo.
Habíase enterado en París por el tío Frasquito de que Elvira había ganado un pleito de interés, que era a la sazón muy rica, y esto estuvo a punto de retraerle, porque el mundo era muy malévolo y mil lenguas murmuradoras se apresurarían a decir que no eran el desengaño y el arrepentimiento, sino el dinero de su mujer y la ruina propia los que le impulsaban a dar aquel paso... Mas retirándose a Téllez-Ponce, podían vivir con las rentas de aquella finca suya, de él propia, y conservar el caudal de Elvira intacto, para patrimonio de su hijo.
Aquella era la primera vez que en todo el transcurso de la conversación nombraba Jacobo al niño, y hacíalo para asegurar una fraudulenta impostura. La marquesa sintió que el corazón se le oprimía, oyéndole hablar de aquel arrepentimiento en que no entraba la idea de Dios; de aquel amor a su mujer en que no entraba la ternura hacia su hijo, y dulcificando con un esfuerzo de su poderosa voluntad más y más su sonrisa, y dando a su acento más marcado tinte de confianza y de cariño, dijo moviendo desdeñosamente la cabeza:
—¡Bah!... No pienses en eso...
—Sí, María, sí; hay que pensar en ello, porque lo que se cuenta de los hombres, sea o no cierto, ocupa de ordinario tanto lugar en sus vidas como lo que realmente han hecho. ¡Bien lo sé yo por experiencia propia!
—¡Obrar bien, que Dios es Dios!—dijo sentenciosamente la marquesa—. ¡Ese es mi lema!
—Y el mío también... desde hace algún tiempo. Pero no hay que perder de vista que si la virtud depende de nuestras propias acciones, la honra depende de la opinión ajena.
—Pues ya tienes en favor tuyo la de las gentes honradas... ¿Qué más quieres?...
—Nada, nada más quiero—replicó Jacobo—. Por eso, en cuanto el padre Cifuentes me lo aconsejó, cesaron al punto mis dudas.