Curra nada sabía, ni parecía tampoco querer averiguarlo, y aconsejaba mientras tanto a Leopoldina que fuera en aquel entreacto a visitar a Carmen Tagle en su platea, desde donde podían perfectamente descubrirse las incógnitas o incógnita del palco de arriba. Hízole a Leopoldina poquísima gracia la propuesta, pero érale imposible rehusar aquel pequeño servicio a la amiga generosa, en cuyo palco, coche y mesa, tenía un lugar siempre dispuesto; porque era Leopoldina de esas personas de clase inferior, entrometidas y gorronas, que sufren toda especie de molestias y desaires a trueque de aparecer a los ojos del vulgo, codeándose en todas partes con las primeras figuras de la moda y de la Grandeza. La faja de su hermano y la Capitanía general de Madrid, que desempeñó este algún tiempo, habíanle abierto las puertas del beau monde, y allí se había encastillado ella y tomado carta de naturaleza.

Villamelón, dando sus pataditas, repetía por centésima vez muy angustiado:

—¿Sabes, Curra?... Malo estoy.

—Fernandito, ¡por Dios!... No me lo digas...

—Indigestión... El vol-au-vent de codornices. Lo tengo dicho: siempre se me indigesta. ¿Me entiendes?...

—¡Vaya por Dios, vida mía!... Mira, pasea un poquito y eso te vendrá bien... Acompaña a Leopoldina y vuélvete pronto...

Y cada vez más impaciente, advirtió a esta por lo bajo:

—Que no se huela Carmen a lo que vas... Mira que las pesca al vuelo.

Villamelón, haciendo figuras, se atrevió a decir: