—Si nadie la conoce... El martes se presentó en ese mismo palco vestida de blanco con camelias rosa... Ayer estaba en la Castellana en un milord muy bonito, con camelias blancas en el sombrero y en el pecho... Hoy, terciopelo negro con camelias rojas...
—Pues ya tenemos nombre que darle—exclamó Leopoldina riendo—: La dama de las camelias.
Y sobre estos varios motivos improvisaron las dos amigas una alegre fantasía, hasta que Leopoldina volvió al palco de la Albornoz momentos antes de comenzar el acto segundo. Currita la esperaba impaciente, y la falaz exploradora apresuróse a decirle, con cierto maligno gustito, que la incógnita en cuestión era una muchacha monísima, de todo el mundo desconocida, a quien acababan de bautizar ellas, por tenerlo muy bien merecido, con el significativo nombre de La dama de las camelias.
—Por supuesto, que no se enteraría Carmen de que yo te enviaba—dijo Currita muy pensativa; y Leopoldina, con el hociquito fruncido y los ojitos entornados, como quien se ofende de la pregunta, contestó:
—¡Mujer!... ¿En qué cabeza cabe?... ¿Acaso soy yo boba?...
Comenzó el acto: Villamelón seguía indigestado; Currita, emberrenchinada y con el rabillo del ojo alerta; Leopoldina, que era, en efecto, aficionada e inteligente, sin perder una nota, y el tío Frasquito, que allí se había quedado, muy satisfecho por hallarse al lado de Leopoldina, una de las sobrinas espurias a que más predilección mostraba, por su allure varonil y decidida y sus excéntricas genialidades.
En el palco del Veloz habían quedado solos Diógenes y Jacobo; despatarrado aquel frente al público, como si quisiera indicarle que todo él junto no se le importaba un comino; mirando este sin cesar, como un cadete, al palco de la dama de las camelias. En la escena, Dinorah, la pobre loca, cantaba la bellísima aria que la inspira su propia sombra proyectada en el suelo por la blanca luz de la luna, una de las más felices inspiraciones de Meyerbeer, que interpretaba admirablemente la entonces célebre Ortolani.
Cambió la escena de pronto, y la cascada, el precipicio y el torrente arrancaron un murmullo de admiración a los espectadores, que pocas veces habían contemplado en aquel género una obra de arte tan acabada y tan bella. Höel quiere obligar al gaitero Corentino a buscar el tesoro en el fondo del precipicio; de nuevo el cielo se encapota, y entonces aparece otra vez el terrible Meyerbeer, el genio de los Hugonotes y Roberto el diablo, que sabe describir con las ocho notas del pentagrama toda la rabia de los elementos y todos los furores del corazón.
De improviso, rompe la orquesta bruscamente la cadencia, rugen los contrabajos estrepitosamente, las flautas dejan oír agudos silbidos, el metal, desencajado, truena con espantosa violencia, los timbales redoblan convulsamente. Ya no parece aquello una tempestad, ni un huracán, sino un cataclismo que amenaza desquiciar la tierra, y en aquel momento, el supremo de la ópera, apareció por entre las cortinas de terciopelo carmesí que cerraba el fondo del palco de Currita una cabeza peluda y cetrina, que el tío Frasquito tomó por la del terrible Adamastor, genio de las tempestades, y Fernandito por el bilioso espectro de la indigestión, que evocaban ante él sus jugos gástricos alterados.
Era Butrón, el respetable Butrón, que entraba de puntillas, con el dedo sobre los labios, haciendo gestos de que nadie se molestara, y yendo a sentarse en la silla que, no obstante su susto y su entripado, se apresuró a cederle Villamelón, al lado de Currita.