Volvióse Jacobo colérico, soltando impaciente una sucia palabrota, con esa obscena grosería que se oculta con frecuencia bajo las pulidas formas sociales de ciertos hombres y brota espontáneamente en cuanto la excita la ira o la impulsa una confianza sin decoro. El chico, al oírla, miró iracundo a su madre y a Jacobo, haciendo un gesto amenazador, en que se veía palpitar el hombre bajo la frágil envoltura del niño.
—¿Qué?—gritó Jacobo desafiándole—. Nadie te ha llamado aquí... ¡Vete!
Inyectáronse en sangre los ojos del niño, y dio tan fuerte golpe con el tiento, que lo rompió en dos pedazos.
—¡No me da la gana!—gritó.
Jacobo hizo ademán de lanzarse a él, mas Currita le detuvo asustada... El niño, ronca la voz por la ira, breve y cortada como la de un calenturiento, volvió a gritar:
—¡No me da la gana!... ¡Vete de aquí!... ¡Aquí no mandas tú!... ¡Esta no es tu casa!...
Y se detuvo jadeante, sin voz, en medio de un silencio siniestro, parecido al que reina en la tempestad entre ráfaga y ráfaga... Jacobo habíase vuelto con los puños apretados, tartamudeando entre sus labios blancos de ira:
—Está pidiendo un cachete...
No terminó la frase: con la fuerza y prontitud que caracterizan al león en su ataque, con la sanguinaria avidez con que el cachorro de un tigre se arroja sobre su primera presa, lanzóse el niño a Jacobo, clavándole las uñas en la garganta, dándole cabezadas en el rostro, pateándole todo el cuerpo con las robustas piernecillas, que parecían tener músculos de acero. Sorprendido Jacobo, rechazó el brusco ataque, separando al niño con un poderoso esfuerzo de sus nervudos brazos, y arrojólo lejos de sí, cual si fuese un saco de arena, a cuatro pasos de distancia; su cabeza fue a chocar contra un enorme jarrón japonés, de bronce antiguo, que despidió un sonido metálico.