—¿Quién es ese goven?—preguntó a Diógenes.

—¿Goven?... ¡Polaina!... Dos años me lleva a mí, y tengo sesenta y tres; conque ajuste usted la cuenta.

Estiróse la cara de pasmo perpetuo de sir Roberto, y Diógenes acrecentó su asombro, añadiendo muy serio:

—Ahí, donde lo ve usted, lleva en el cuerpo treinta y dos cosas postizas.

—¡Oh, señor de Diógenes! Usted estar un andaluz muy crecido...

—¿Que no?... Pues vaya usted contando...

Y comenzó a enumerar los componentes que suponía en el tío Frasquito la leyenda, acabando por poner en el catálogo la nalga de corcho. Sir Roberto, asombrado, creyendo encontrar un nuevo modelo de hombre clástico que colocar en el British Museum, quiso aplicar al hallazgo su método experimental, y recibió, en cambio, un espontáneo abanicazo que, en la irascibilidad de sus nervios excitada, le sacudió el tío Frasquito con su abanico de mandarín en lo alto de la cabeza.

La sangre no llegó, sin embargo, al río; intervino Currita muy indignada contra las zafias bromas de Diógenes, y puso fin a la contienda apoyándose en el brazo de sir Roberto Beltz, para dar una vuelta por la serre, y encargando antes al tío Frasquito que convidase para el día siguiente a comer con ella a todos los que habían tomado parte en las dos cuadrillas, blanca y negra. Fernandito quería fotografiarlas en ambos grupos y en sus respectivos trajes, para que publicasen luego un gran grabado de ellas en La Ilustración Española y Americana.

La comida fue divertidísima; Currita tuvo el capricho de mandar preparar a su cocinero un menú; japonés, y todos se sentaron a la mesa con los mismos trajes japoneses con que en diversos grupos y actitudes se habían retratado en la cabaña de Fernandito. A los postres tuvo el tío Frasquito una idea nueva y felicísima, una verdadera inspiración nacida entre los vapores de su estómago agradecido, y acogida con entusiasmo por todos los presentes. Ocurriósele, para eternizar la memoria de aquel baile famoso, para grabar el recuerdo de aquellos trajes lujosísimos, para no separar nunca de su reina aquella aristocrática cuadrilla japonesa, reclutada por él mismo en los salones del Veloz-Club, prolongar la mascarada, transformándola en una especie de guardia de honor que sirviese y acompanase a Currita por todas partes, llevando alguna particular contraseña que la diferenciase del resto de los mortales. Currita aceptó encantada la idea, y señaló como distintivo de la nueva orden de caballería una corbata azul, color de la famosa liga de la condesa de Salisbury, para fundar la antigua y nobilísima orden de la Jarretière. Brindóse la dama a regalar a todos la insignia de la nueva orden y envióle a cada uno una preciosa corbata azul de rica seda japonesa, sujeta por un alfiler formado por una gruesa perla, procedentes todas de un magnífico collar que había pertenecido a su madre. El tío Frasquito fue nombrado por aclamación gran maestre de los ilustres caballeros, que tomaron el dictado de Mosqueteros de Currita. La cáustica sátira madrileña, la más sangrienta quizá que hemos conocido, hízoles bien pronto variar de nombre. Carmen Tagle, profundamente resentida, porque habiendo representado ella a la reina negra en la partida de ajedrez no se había formado ninguna guardia en honra suya, comenzó a designar a la de su rival, por su origen japonés, con el nombre de Mikado.

—¡Ese, ese es el nombre propio!—gritó la Mazacán, entusiasmada al oírlo—. Lo natural y lógico es que para guardar a la mona Jenny se cree un cuerpo de micos.