Un fuerte olor acre y desagradable del paño que se quemaba extendióse al punto por toda la estancia. En aquel momento entró Villamelón muy alegre y satisfecho, que volvía de Chamartín de la Rosa, donde en su preciosa quinta de Miracielos estaba ensayando con gran entusiasmo la incubación artificial de los huevos de gallina.

—¡Jesús, hija, qué mal olor!—exclamó deteniéndose a la entrada—. ¿Qué has quemado?... Si huele aquí a infierno...

Currita se puso muy seria, muy enfadada, y hasta un poco pálida.

—Mira, Fernandito, no digas tonterías... No me gustan bromas con las cosas del otro mundo.

Y como si fuese cosa de él, volvió a lanzar otra mirada furtiva y medrosa a la imponente cabeza de fray Alonso.

—Pero hija, Curra, ¿sabes?... Que abran esa ventana; si huele aquí a chamusquina, a cuerno quemado...

—Pues nada, hombre; un pincel viejo que tiré en la chimenea... Vamos, dejemos ya eso. ¿Has visto a Lilí?...

Villamelón dio una gran palmada.

—¡Mujer!... Se me olvidó...

—¿Pues no te dije que fueras a verla?—gritó Currita muy colérica.